[Extracto]
Antes de ser inmigrante, se es emigrante.
Antes de llegar a un país se ha tenido que abandonar otro y los sentimientos de una persona hacia la tierra que abandona no son nunca simples. Si se va es porque hay cosas que rechaza: la represión, la inseguridad, la pobreza, la falta de horizontes. Pero muchas veces ese rechazo está acompañado por un sentimiento de culpabilidad. Hay personas cercanas a las que siente haber abandonado, una casa en la que ha crecido, tantos y tantos recuerdos agradables. Hay asimismo lazos que persisten, los de la lengua o la religión, y también la música, los compañeros de exilio, las fiestas, la cocina.
Paralelamente, no son menos ambiguos sus sentimientos hacia el país de acogida. Si se ha ido a vivir a él es porque espera hallar allí una vida mejor, para sí mismo y para los suyos; pero junto a esa esperanza ve con recelo lo desconocido porque la relación de fuerzas es desfavorable para él; teme verse rechazado, humillado, está muy pendiente de toda actitud que denote desprecio, ironía o compasión.
El primer reflejo no es pregonar su diferencia, sino pasar inadvertido. El sueño secreto de la mayoría de los migrantes es que se los tome por hijos del país. Su tentación inicial es imitar a sus anfitriones, cosa que algunos consiguen. Pero la mayoría no. Al no tener el acento correcto, ni el tono adecuado en la piel, ni el nombre y el apellido, ni los papeles, su estratagema queda pronto al descubierto.
[Maalouf Amin, Identidades asesinas. Ed. Alianza, 1999]
Autor libanés emigrado a Francia
***Laura***
1 comentario:
Tomo nota del libro. Muy interesante este pequeño estracto.
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